Por Bettina Pavetti y Carla Santángelo

Guillermo Ueno es un fotógrafo Argentino apasionado, dicta muchos talleres de fotografía y comparte su taller con muchos jóvenes que ansían aprender a mirar como él. Con la revista decidimos ir a su taller para entrevistarlo y así entender un poco mejor de quién hablamos cuando hablamos de Guillermo Ueno.

Nos encontramos con Carla en Constitución temprano a la mañana. Hace mucho frío y la estación está tranquila. Nos tomamos el tren y empezamos a hablar de cosas que todavía no sabemos que hablaremos durante el resto de la mañana. El tren deja de funcionar y nos bajamos, pero disfrutamos este momento porque la mañana está muy soleada y estar un rato bajo el sol es un placer. Tenemos tiempo.

Llegamos a Burzaco y Guillermo nos recibe en su casa. Después de atravesar el living, subimos las escaleras del patio y llegamos a su taller que queda en la parte de arriba. Piso de madera, ventanales que dan al árbol de afuera, estantes llenos de libros y una mesa en el centro. El sol entra por todas partes y arriba de la mesa hay recipientes con frutas y galletitas. Al lado, mate caliente.

Comenzamos bromeando irónicamente sobre la crisis económica y cómo nos afecta a la hora de hacer proyectos culturales independientes. Usamos mucho la palabra “osado”. Hablamos de nuestros conocidos que se quedaron sin trabajo, los que viajaron para escapar y los que estamos remando para sacar adelante nuestros proyectos.

Me había parecido percibir sobre las fotografías de Guillermo un halo de intimidad o calidez. La palabra intimidad resuena en el fotógrafo. Él no lo toma como algo íntimo porque si fuera algo íntimo no lo mostraría. Tampoco se siente cómodo enmarcando su fotografía dentro de ningún estilo. Si la fotografía está totalmente ligada a la cotidianidad, entonces ¿cómo podemos separarla en categorías, en estilos? Guillermo fotografía todo lo que se cruza, y cada una de esas cosas es una nueva excusa para fotografiar. Se considera un poco animista: está atento ante el llamado de las cosas. En sus imágenes uno puede ver cómo las cosas le responden y cómo para él las cosas y las fotos se buscan entre ellas. Lejos está de pensar que la fotografía puede llegar a ser algo estático o que transmite melancolía, sino algo que está en constante movimiento y mutación. Es cuando una foto de hace años sigue funcionando en la actualidad que eso se confirma.

Una música desconocida para mí suena de fondo. Todo se torna mucho más didáctico de lo que esperaba.
Guillermo saca el libro que está leyendo, Piedras, de Roger Caillois. A partir de la observación de las piedras, encuentra una analogía con las cualidades de éstas y los objetos fotografiados, al adherirles la capacidad de cobrar vida. Entiende a la fotografía como aquello que hace dar cuenta de las cosas y como una herramienta para reordenar su mundo.

Guillermo parece haber luchado toda su vida contra las cosas que encasillan y encierran. De chico no se sintió parte de lo que todos decían que era: japonés. Trató de salirse de la comunidad japonesa argentina, pero todo lo que tiene que ver con “lo japonés” siempre fue atribuido a su trabajo. Siempre le escapó a “lo zen” o a “lo minimalista” y luchó contra especulaciones superficiales; no por verse japonés quiere decir que detrás de su trabajo hayan años de tradición oriental arraigados.
Le ofuscan los encasillamientos pero le fascinan los cruces únicos. Fue a Japón a los 20 años y convivió con brasileñas que hacía 6 generaciones eran japonesas. Cuenta lo maravillosa que es la mezcla entre palabras, costumbres y tradiciones que tenían esas mujeres o cómo para él Atahualpa Yupanki y los monjes budistas se entendieron completamente. Esta carencia, escape de las categorías, los estilos, las casillas se traduce a la fotografía; al no poder separar algo en ningún terreno, respeta la constante mutación de las cosas para convertirlas (y re-convertirlas) en cosas diferentes. Por eso Guillermo es un fotógrafo que a través de la hibridación de los estilos, de las culturas, de las formas de pensar consigue la independencia de su propia identidad.

Está haciendo un taller en la cárcel de Rosario con Valeria Galiso. Lo entiende como una forma única de poder sentarse con el otro más allá de los prejuicios y poner en común cierta sensibilidad a la inutilidad. Inutilidad como el papel que ocupa la fotografía y que no ocuparía un taller de un oficio. Sentarse a reflexionar en torno a algo que no tiene lugar para la vida práctica. Estas personas, que son parte de una cárcel de alta seguridad y vienen con historias inimaginables, se sientan con un fotógrafo para discutir sobre cosas que “no sirven”. Para Guillermo esta inutilidad es lo único que los puede convocar, lo que puede conectarlos a través de eso que tienen en común; la sensibilidad en torno al crear cosas inútiles. Y en definitiva hay una libertad en lo inútil, porque al estar despojado de la obligación práctica de cualquier oficio, se puede hacer lo que uno quiera y en medio de rejas y concreto es posible habilitar un espacio para vivir esa libertad.

Para Guillermo la fotografía es mostrar las cosas como uno las ve y quiere verlas. “Como no puedo separar mi realidad de cualquier otra cosa, pienso que la realidad es la fotografía, quiero decir: ¿cómo no va a ser la realidad? Desde que me levanto que estoy en contacto con la fotografía, todo el tiempo mirando”

Le pregunto entonces cuál es para él la relación entre la poesía y la fotografía.

“Creo que son las dos cosas más cercanas, todavía no se porqué, pero son las dos cosas más cercanas. Para mí la fotografía tiene el mismo gesto que el haiku. Sería más interesante que lo diga otra persona… pero bueno… porque tiene eso de lo instantáneo. Los poetas del haiku escribían lo que estaban mirando, y asociaban lo que miraban y lo editaban. Si ustedes ven la caligrafía china o japonesa son dibujitos, entonces por ejemplo “rama vacía cae una gota sobre el estanque” qué se yo… entonces los ideogramas son el dibujo de una rama, de algo que representa el vacío, la gota de agua, el estanque, dispuestos en una página y no de cualquier forma. Es una edición fotográfica.”

Saca un papel y una birome y dibuja los ideogramas de los haikus. En su cualidad de profesor no puede evitar responder con ejemplos.
Concluye que la fotografía y los ideogramas van de la mano, con la diferencia de que para escribir con ideogramas contás con una cantidad limitada de símbolos para comunicarte, mientras que a la hora de fotografiar tenes todo el universo a tu disposición. La fotografía no termina siendo la reconstrucción del universo, sino la construcción del propio universo.

Ya pasó una hora y media. Me apuro a preguntarle sobre sus proyectos a futuro. Está metido en un par de proyectos vinculados al cine y a filmar, y no cree que lo que está haciendo sea cine sino imágenes en movimiento. Quiere presentar una propuesta al INCAA que gira en torno al proyecto que tiene en la cárcel.

Su forma de trabajar tiene que ver con estar en la sombra: arreglárselas con poco, estar en la periferia, por fuera de los circuitos institucionales. “Como cuando te dicen camina por la sombra. Como que nunca supe realmente que significaba. Es medio despectivo. Me gusta mucho lo de aprovechar la sombra, estar debajo de un árbol, no tanto como el sentido filosófico que le quisieron dar. Es como que cuando te quedas mucho tiempo en la sombra ves todo, como cuando es de noche y hay luna llena tambien podes ver todo.“

Fotografía por Bettina Pavetti y Carla Santangelo